Los puntos débiles del mejor etiquetado frontal de alimentos

De todos los sistemas de etiquetado frontal, los denominados “sellos negros”, quizá sea el que mejor informa frente a productos insanos. No obstante, no son perfectos y en este post descubriremos algunas de sus limitaciones

Los puntos débiles del mejor etiquetado frontal de alimentos / CONSUMIDOR GLOBAL
Los puntos débiles del mejor etiquetado frontal de alimentos / CONSUMIDOR GLOBAL

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Conocemos como etiquetado frontal referido a los alimentos cualquier sistema que ofrezca información sobre sus características nutricionales de forma resumida. Existen media docena de sistemas, pero entre todos ellos, los denominados “sellos negros” (también conocidos como “sellos chilenos” porque este fue el primer país donde se usaron), destacan por ser de los más rigurosos y de los que mejor identifican los productos especialmente altos en calorías o con exceso de sal, azúcar, grasas o grasas saturadas. Más aún cuando, recientemente, la administración chilena ha aplicado una vuelta de tuerca a la hora de proteger la salud de sus ciudadanos en lo que se refiere a la publicidad de alimentos con el Decreto 24. Su entrada en vigor implica que cualquier producto que luzca al menos un sello negro se acompañe de un elocuente mensaje: “evita su consumo”. Te lo contamos en este artículo.

Las debilidades de los sellos negros

Por muy buena que sea la intención de cualquier sistema de etiquetado frontal conocido, lo cierto es que, hasta la fecha no hay ninguno perfecto. Y los sellos negros no son una excepción. Estas debilidades se muestran cuando los consumidores no entiendan su alcance o, peor aún, cuando la industria alimentaria los utiliza para desacreditarlos, normalmente para impedir su implantación. Porque, no olvidemos, los sellos negros son, de todos los sistemas conocidos, los que más daño les puede hacer en lo que verdaderamente les importa: su balance de cuentas. Seamos claros, un sello negro, con el estilo de advertencia de una cajetilla de tabaco es lo más eficaz para desalentar su compra. No digamos si, además, incluye el famoso mensaje que recomienda evitar su consumo... y por tanto su compra.

Esos puntos especialmente frágiles del sistema de sellos negros son media docena y vamos a verlos:

  1. El efecto acantilado: Que un alimento pase de “no sello” a “sello” por cruzar mínimamente un umbral (p. ej., 9,9 vs 10,1 g de azúcar/100 g) mete en el mismo saco productos muy distintos y puede castigar mejoras pequeñas o, al revés, premiar ajustes cosméticos que caen justo por debajo. En realidad, hay que ser realistas, esta es una cuestión que afecta en realidad a todos los sistemas de etiquetado frontal, ya que en algún punto tendrán puesto el límite para emitir una determinada valoración. Una cuestión que también se pone de relieve en otro punto cuestionable, el siguiente, relacionado con la “reformulación”.
  2. El sistema incentiva la reformulación: Una estrategia que busca mejorar la imagen (evitar el sello) pero no la calidad de la elección. Esto es muy fácil de ver con el tema del azúcar: para evitar sellos, la industria puede reducir el azúcar, pero al mismo tiempo aumenta los edulcorantes no nutritivos u otros aditivos sin que, en general, mejore la calidad global. En Chile se ha documentado un aumento del uso de edulcorantes no nutritivos en la oferta tras la ley, especialmente en bebidas y lácteos, y también cambios en compras hacia bebidas con edulcorantes. Con las grasas y grasas saturadas sucede de forma similar, en especial si estas variables están muy cerca de sus respectivos umbrales, pequeños cambios que apenas afecten a la calidad nutricional, pueden evitar la sanción del sello.
  3. Aplica los mismos criterios a todos los alimentos y bebidas sin importar su categoría: Valorar la validez nutricional de una bebida a base de zumo de frutas y leche con los mismos criterios que un refresco al uso no parece muy sensato. O los de una pieza de bollería y los de un plato precocinado, que tampoco parece muy coherente. En este sentido, la propuesta que desde 2015 nos ofrece la OMS me parece la mejor: establecer un sistema de categorías de alimentos (actualmente 17) y concretar para cada una de ellas los elementos clave. Por ejemplo: no tiene sentido en un aceite vegetal mirar la cantidad de calorías ni la cantidad de grasas, ya que será máxima. De la misma forma tampoco tendría sentido plantear límites a este tipo de productos por su cantidad de azúcares (que será nula) o a un refresco la cantidad y tipo de grasas (que también será cero).
  4. Medir las variables críticas por 100 g o 100 ml de producto: Hay que reconocer que este es, y posiblemente será, un debate eterno. Hay alimentos que normalmente se consumen en cantidades pequeñas (condimentos, salsas, grasas culinarias) y otros en raciones grandes. Evaluar todo por 100 g o 100 mL puede sobrerrepresentar el “riesgo” de algunos y subrepresentar el de otros según el patrón de consumo. En ejemplo de esta controversia se puede observar en la muy distinta forma que tenemos en la UE, frente a los EE.UU., de asumir legalmente la información nutricional en el etiquetado; si bien en la UE es obligatoria presentar esta información por 100 g o 100 mL, en EEUU lo es por la ración de consumo.
  5. No tiene en cuenta el grado de procesamiento ni la matriz alimentaria: Este sistema aplica los mismos umbrales a un ultraprocesado reformulado que a un alimento tradicional si ambos cruzan umbrales. Esto es una limitación real ya que el sistema está diseñado para detectar nutrientes críticos, no para la “calidad de alimento”. La nutrición moderna debería tener en cuenta la matriz, la saciedad, el contexto culinario, etc.
  6. Cobertura parcial de la oferta alimentaria: este sistema se aplica a productos envasados, pero deja fuera una parte grande de la oferta alimentaria: restauración, panaderías, comida preparada, etc. El resultado es que los alimentos a granel, el delivery y el take away siempre parecerán mejores porque nunca llevarán sellos.

Algunas reflexiones finales

No existe el etiquetado frontal perfecto. En la misma línea en la que se expresaba Winston Churchill al respecto de los distintos sistemas de gobierno, “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado”, los octógonos negros quizá sean el peor de los sistemas de etiquetado frontal si no tenemos en cuenta el resto. No obstante, en mi opinión, en la línea de obtener un sistema mejor –el que sea– creo que cualquier propuesta debería pasar por el establecimiento de límites en virtud de la categoría de los alimentos. Es decir, establecer un sistema de perfiles nutricionales por categorías, tal y como plantea la OMS y, en cierta medida, se usa en el sistema FOPL conocido como Keyhole.

Aunque en este texto me he centrado en los sellos negros referidos a Chile, porque fue el primer país en implantarlos, este sistema ha sido replicado en otros países del continente americano como Perú, Uruguay, Argentina, Colombia y México. Pero es importante mencionar que no todos los países han optado por el uso de las mismas variables para colocar (o no colocar) los octógonos negros en los alimentos, ni tampoco los mismos umbrales dentro de las mismas variables.

Aunque la Unión Europea contempla el uso de algún sistema de etiquetado frontal, aún no se ha pronunciado de forma oficial por ninguno. Por tanto, a día de hoy, cada Estado e incluso cada productor o distribuidor, puede optar por el uso del sistema que prefiera, siempre y cuando no contradiga lo dispuesto en el reglamento europeo sobre las características de la información facilitada al consumidor en los productos alimenticios.

Hay pocas dudas de que el asunto del etiquetado frontal sea una de las mayores preocupaciones de la industria alimentaria malsana (en general, la de los ultraprocesados). Tanto que apoyarán aquellos que menos les perjudiquen o incluso que les beneficie (esto último es, más o menos, lo que pasó con el Nutriscore y te lo conté en este post) y se opondrán a aquellos que más les perjudique. Seamos claros: el fin último de la industria alimentaria es tener más consumidores, no consumidores sanos.